Aquello
del gordito feliz está cada día más
alejado de la verdad. Si alguna vez fue motivo de discusión,
ahora puede decirse con rigor que la obesidad es una enfermedad.
Más aún, la OMS la declaró epidemia en
todo el mundo, y
en la Argentina, según estadísticas de los últimos
años, arriba del 50 por ciento de la población
tiene problemas de sobrepeso o sufre directamente obesidad.
La obesidad no sólo expone a quien la padece a una
larga lista de enfermedades, como cardiopatías, hipertensión
arterial y diabetes, sino también a psicopatías
como la depresión y la ansiedad, que en estos casos
están asociadas a trastornos de la conducta alimentaria
o distorsión de la imagen corporal.
No es poco
relevante en términos de salud: una persona gorda
hoy por hoy vive en una sociedad que estigmatiza al obeso.
Esto trae consecuencias en la autoestima, alteración
en sus relaciones interpersonales, menos posibilidades de
acceso a los mejores trabajos, a las mejores parejas y a
mantener esa pareja. Hasta lo más sencillo, como
ir a un negocio y comprar ropa se convierte en una experiencia
muy frustrante porque no hay talles, explica Horacio Orlando,
médico cardiólogo y psicoterapeuta especializado
en obesidad, miembro de la comisión directiva de
Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios
(SAOTA).
Una de las
cuestiones que se discutieron con fervor en el campo psicológico
fue la existencia o no de una psicopatía específica
y determinante de la obesidad. No se puede definir una
condición psicopatológica específica,
señala Rubén Zukerfeld, médico psicoanalista,
miembro de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis
(SAP) y profesor del Instituto Psicosomático de Buenos
Aires (IPBA). Existen obesos con y sin psicopatía.
No hay un trastorno propio del obeso. Pero es necesario
contextualizar la obesidad en los núcleos urbanos
occidentales porque es donde se producen consecuencias psicológicas
que no se dan en otros ámbitos. En este contexto
es cierto que depresiones y ansiedades se dan con más
frecuencia en pacientes obesos que en personas que no lo
son, porque, por ejemplo, en la ciudad de Buenos Aires el
ser obeso implica un grado de marginación que trae
consecuencias psicopatológicas.
En este punto,
indica la licenciada María Teresa Panzitta, psicóloga
especializada en trastornos alimentarios de obesidad del
Hospital Durand y la Fundación Favaloro, los gordos
viven sentimientos de desvalorización cotidianos,
todos se enfrentan a la misma presión social, lo
que no quiere decir que todos la elaboren de la misma manera.
Así, de acuerdo a su historia personal y en combinación
con los conflictos generados por un medio social hostil,
la persona obesa puede o no desarrollar una psicopatía
y en algunos casos trastornos alimentarios. Según
Zukerfeld, entre un 25 y 30% de las personas obesas desarrollan
un síndrome de comer compulsivo o por atracones.
A la estigmatización
social hay que sumar las innumerables dietas mágicas
y no tanto que se ofrecen en el mercado, y el otro buen
número de intentos sin éxito que probablemente
haya realizado la persona que necesita adelgazar. Entendiendo
la obesidad como una enfermedad crónica, lo común
es que se logre una reducción del peso seguida de
una recuperación de ese mismo peso y, seguramente,
de algunos kilos más. Así, entre remisiones
y recidivas, el peso sigue una línea ascendente y
en forma directamente proporcional se multiplica la frustración.
Lo explica
Panzitta: Se aplican durante años dietas hiperrestrictivas,
al paciente le resulta imposible seguirlas por razones psicológicas
y porque el plan es poco sustentable en el tiempo. El no
poder cumplir con la expectativa del discurso médico
es vivido como responsabilidad exclusiva del paciente y
no es así. Aparece el no se quiere cuidar. Se admite
que la obesidad es una problemática compleja, pero
se la pretende resolver con un plan alimentario.
Es que cuando
se dejan de lado las cuestiones biológicas de la
obesidad, y se apelan a las psicológicas, prevalece
la idea de que se es gordo por voluntad. Está internalizada
la idea de que el obeso es gordo porque quiere y porque
es un descontrolado, dice Orlando.
Dietas no
restrictivas, propone Panzitta, porque al bajar la restricción
baja la avidez la posibilidad de elegir sus comidas junto
a una reeducación nutricional, sugiere Orlando.
Y sobre todo contener psicológicamente, dar herramientas
para apuntalar la autoestima y evitar que los pacientes
se abandonen, abandonen el tratamiento y vuelvan a engordar.
Porque, dice Orlando, la obesidad no es una carrera de
velocidad contra el peso, es una carrera de regularidad.
En la constancia está el éxito.